La Comuna de París, el primer estado socialista construido desde el poder popular, siempre ha sido una referencia ineludible para todas las fuerzas revolucionarias alrededor del mundo. Más aún en el actual contexto de bisagra histórica que vive la humanidad, donde no casualmente el macartismo está a la orden del día en la batalla cultural y en el que la crisis capitalista descarga toda su furia con guerras, genocidios y una agudización extrema de la opresión sobre los pueblos. Rogelio Roldán, dirigente y pedagogo del Partido Comunista de la Argentina, resalta la vitalidad que sigue teniendo aquella gesta heroica del proletariado en el siguiente artículo para Nuestra Propuesta.
Los obreros franceses proclamaron la república el 4 de septiembre de 1870. En ese momento las tropas prusianas de Bismarck avanzaban hacia París. De inmediato Thiers, el general Trochu y otros arribistas se ofrecieron a ser el “gobierno de la defensa nacional”, en verdad lo hicieron para preparar la entrega de París y de toda Francia. Marx describe a Thiers como un “enano monstruoso… la expresión intelectual más acabada de la corrupción de la burguesía como clase”
Sucede que “París no podía ser defendido sin armar a su clase obrera, organizándola como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma. Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el agresor prusiano hubiera sido el triunfo del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos dentro del estado. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la defensa nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de la traición nacional”. (Del Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871).
Esta banda de cipayos -en verdad un gobierno de traición nacional- se apuró a firmar un armisticio capitulador ante Bismarck, quien empezó a dictar sus condicionamientos.
El 18 de marzo de 1871, a causa de la derrota de Napoleón III en la batalla de Sedán ante el nuevo poder capitalista en expansión, los junkers prusianos, estalló en París una insurrección obrera que proclamó la “Comuna”, primer poder proletario en la historia de la humanidad. Marx había aconsejado a los comuneros que primero aprovecharan las contradicciones de la república burguesa para consolidar sus posiciones, crearse mejores condiciones para la lucha en todos los planos y no dejarse aplastar por los ejércitos alemanes que ocupaban Francia y eran comandados por oficiales de la nobleza, enemigos jurados de los trabajadores.
En carta a Kugelmann, fechada el 12 de abril de 1871, decía Marx: “Si te fijas en el último capítulo de mi “18 Brumario”, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto precisamente consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris”.
Ante la insurrección apoyó fervorosamente a los comuneros que “tomaron el cielo por asalto”, como escribió después. Ayudó por todos los medios a que la Comuna desplegara una política correcta, inspiró la solidaridad internacional con ella y, después de derrotada hizo todo por ayudar a los comuneros que habían podido escapar a la brutal represión desatada por la burguesía francesa. Esta, encabezada por Thiers, traicionó a los obreros y a la nación aliándose con los junkers para fusilar en masa a miles de comuneros contra los muros del cementerio de Pere Lachaise, encarcelar por años a varios miles y deportar otros muchos a trabajos forzados en los campos de concentración del sur de Francia y de la Isla del Diablo.
En la carta mencionada, Marx señaló los errores fatales de los comuneros: 1 – se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles, mientras el enemigo estaba lleno de pánico y no había tenido tiempo de concentrar sus fuerzas. Esa ocasión se dejó pasar. 2 – el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes para ceder su lugar a la Comuna, con lo que se dispersó la dirección del movimiento. Años después, Lenin añadió su opinión sobre otro error fatal, el hecho de que los comuneros detuvieron su impulso ante las puertas del Banco Nacional y no expropiaron el dinero, la base material que permitía a la gran patronal francesa, dirigida por Thiers, contratar a las tropas mercenarias alemanas, armarlas hasta los dientes y desatar un baño de sangre.
La casa londinense de Marx, en la que nunca sobró nada y siempre faltó de todo, se convirtió en hogar de los refugiados franceses que desde Inglaterra trataban de recomponer al partido, sostener a sus compañeros represaliados y volver a la lucha dentro de Francia.
Marx y Engels, y décadas después Lenin, caracterizaron a la Comuna como una hazaña histórica de la clase obrera, de trascendencia mundial, que inauguró una nueva etapa liberadora y que, pese a ser derrotada, después de ella ya nada iba a ser como antes porque dio un impulso poderoso a la conciencia y la organización de la clase obrera mundial, lo que significó un salto en el desarrollo del factor subjetivo.
Este primer intento por establecer la dictadura del proletariado y formar un Estado nuevo confirmó la necesidad de reemplazar el desarticulado aparato estatal burgués por uno de nuevo tipo, proletario y popular. Otra conclusión extraída de esta experiencia, que fue resolución de la Conferencia londinense de la Internacional en septiembre de 1871, es la de la importancia de la lucha política de la clase obrera y de la necesidad de crear un partido proletario, de clase, que encabece esa lucha con un programa científico; y no espontáneamente, como lo conciben todas las variedades de reformismo, incluido el “izquierdista”, que vocifera consignas “luchistas” sin ton ni son, logrando así el alejamiento de la política por parte de los trabajadores.
Estas valiosas conclusiones fueron incluidas en los Estatutos de la Internacional aprobados en el congreso de La Haya de 1872 gracias a la participación de Marx y Engels en el mismo. La experiencia teórica de ese período fue recogida en el libro “La guerra civil en Francia”. Debemos notar que los acontecimientos previos a la Comuna fueron una gran prueba que la Internacional, conducida por Marx y Engels, atravesó airosa.
Ella caracterizó a la guerra franco-prusiana como dinástica y anexionista, y exhortó a los obreros franceses y alemanes a diferenciar cuidadosamente los intereses nacionales y clasistas de ambos pueblos de las aspiraciones reaccionarias y de rapiña de Otón de Bismarck, Napoleón III y las clases que ellos representaban políticamente. Llamó a combatir a esos gobiernos y a barrer al feudalismo y al absolutismo monárquico.
Las clases obreras de Francia y Alemania no cayeron en la trampa, la prueba más cabal de ello es la Comuna de París. En todo este proceso se ve con nitidez el internacionalismo proletario, no en vano cuando escribieron el “Manifiesto...” lo terminaron con la consigna “Proletarios del mundo, uníos”.
Para el momento actual es de suma utilidad tomar el ejemplo histórico y sacar nuevas conclusiones, en realidad regularidades históricas de principio. A saber: ante la complejidad del escenario que se vive hoy, tanto en el mundo como en lo nacional, solo la clase obrera, al frente del sujeto pueblo, puede destrabar la situación construyendo un poder popular de nuevo tipo.
Vale decir desplegando una estrategia, y sus tácticas correspondientes, en base a la cuestión principal: el tema del poder.
No es ocioso advertir que en nuestra realidad concreta de existencia de un desgobierno de ocupación, orgulloso de su cipayismo arrastrado, servil absoluto de las potencias terroristas, como lo son EEUU y el nazisionismo del estado de Israel, la cuestión del poder es una necesidad indispensable, de absoluta vigencia y pertinencia.
Pero no alcanza sólo con la realidad objetiva, es determinante el factor subjetivo, la decisión política y organizativa, la voluntad de ser parte autónoma, independiente y beligerante en la lucha de clases y la correspondiente acción -continua y en ascenso- para acorralar al poder patronal, aislarlo, ponerlo en crisis y a la defensiva y derrotarlo.
Otra regularidad histórica, no menos importante, es no limitarse a la toma del poder y la destrucción del aparato ideo-cultural, burocrático y militar de la burguesía trasnacional y sus lacayos nativos sino, como lo demostraron los errores de la Comuna, aprender a preservar y conservar ese poder obrero y popular.
Dicho esto nos queda recordar, difundir activamente su importancia histórica y honrar, en la práctica, a la Comuna y a sus héroes.