Hoy, 22 de junio se cumplen doscientos años del inicio del histórico Congreso Anfictiónico que Simón Bolívar convocara en Panamá. Sobre aquel hecho que marcó el paso inicial hacia una integración continental soberana habla en esta columna el historiador Horacio López, donde también reflexiona acerca de los desafíos pendientes para alcanzar la Segunda y Definitiva Independencia de Nuestra América.
La palabra “anfictionía” es de origen griego. Significaba la reunión, en la Grecia antigua, de los representantes de las distintas ciudades – Estados (como Atenas y Esparta), para discutir cuestiones de interés común. Dicho encuentro se realizaba en la ciudad-Estado de Corinto, ubicada en el istmo de igual nombre. El Libertador Simón Bolívar, basándose en ese ejemplo, imaginó y planificó una reunión similar en Hispanoamérica en el istmo de Panamá. Las condiciones estaban dadas ya que a fines de 1824 el mariscal venezolano Antonio Sucre, al frente de un ejército americano derrotaba a las últimas fuerzas realistas en la pampa de Ayacucho en Perú y por consiguiente se podía ya pensar en afianzar la independencia.
Bolívar venía deseando ese encuentro desde hacía tiempo. En 1815, en su exilio en Jamaica, lo expresa en una carta dirigida a un periodista inglés. Escribía:“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria…Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse…”Obsérvese que esta idea se mantuvo a través del tiempo, como realidad de una identidad común, y la podemos encontrar en el famoso discurso del Che Guevara en 1967 titulado: “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”; allí exponía: “En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud entre ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo ´internacional americano´, mucho más completa que en otros continentes”. Ese rasgocomún de nuestros pueblos de origen hispanoamericano, esa identidad, fue lo que motivó a Bolívar a realizar esa convocatoria.
Convocatoria al Congreso y Objetivos
La convocatoria al congreso de la unidad americana se realizó mediante una circular que lleva el signo distintivo del estilo del tucumanoBernardo Monteagudo, a la sazón directo colaborador como secretario de Bolívar. La misma expresaba: “Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América, por obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino, es tiempo ya de que los intereses y relaciones que unen entre sí a las Repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos Gobiernos... Tan respetable autoridad no puede existir sino en una Asamblea de Plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras Repúblicas, y reunidos bajo los auspicios de la victoria, obtenida por nuestras armas contra el poder español...”
Los objetivos planteados eran, entre otros, lograr que esa Liga se integrara exclusivamente con las repúblicas que antes fueran colonias españolas, y debía tener el carácter de una asociación perpetua; debía disponer de sus propios órganos institucionales; se reconocerían como fronteras de las repúblicas nacientes las mismas que reconocían los antiguos virreinatos, audiencias y capitanías españolas. Los tratados constitutivos de la Liga debían obligar a las partes a no contraer alianzas con países no miembros, sin obtener previamente el asentimiento de la Liga. Avanzar en la construcción de las bases legales de la ciudadanía hispanoamericana, y lo más necesario en esa época de debilidad ante las potencias extranjeras, la Liga debería disponer de un poder militar propio, dotado de fuerzas de mar y tierra unificadas.
Obviamente estos postulados progresistas y adelantados para una época de monarquías absolutas o constitucionales, iban a contramano de los intereses del Viejo Mundo y de los Estados Unidos, la democracia esclavista del norte. Por ello fue que conspiraron para boicotear todo lo posible al congreso. Concretamente Estados Unidos e Inglaterra instruyeron a sus embajadores en nuestros países para que actuaran para boicotear dicha iniciativa. Ese objetivo tuvo éxito en Chile y en el Río de la Plata, ya que no enviaron diputados al Congreso. A Bernardino Rivadavia, político influyente de la elite de Buenos Aires de fuerte corte liberal y porteñista, a la sazón ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la provincia de Buenos Aires bajo la gobernación de Martín Rodríguez, le interesaba más encaminar la negociación del empréstito con la firma inglesa BaringBrothers, que comprometerse a compartir poder con Simón Bolívar y otros líderes americanos emergentes.
Las deliberaciones y resoluciones en el Congreso
En Panamá deliberaron desde el 22 de junio hasta el 15 de julio de 1826, los delegados de Colombia (que comprendía a Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá), el Perú (integrado entonces por Perú y Bolivia), Centroamérica (representando a Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Honduras) y México. Bolívar no invitó a EE.UU., pero sí lo hizo Francisco de Paula Santander, presidente de Colombia, a pesar de la oposición del Libertador. Igual sus delegados no pudieron participar, ya que uno de los dos yanquis murió en el viaje y el otro llegó tarde. Sí participaron de observadores los delegados ingleses, interesados en observar la influencia de EE.UU. (nueva competencia en Hispanoamérica) sobre los nuevos países emancipados.
En el Congreso realizado en Panamá, los delegados hispanoamericanos firmaron los siguientes documentos: un tratado de Unión, Liga y Confederación perpetúa entre los Estados Unidos Mexicanos, Colombia, Centroamérica y Perú. Una Convención sobre contingentes militares, especificando los aportes de cada república en hombres y dinero para el Ejército y la Armada de la Confederación, y un Convenio sobre el traslado de la Asamblea General a la villa de Tacubaya en México, donde seguirían deliberando a la espera de las aprobaciones de cada gobierno. Los acuerdos logrados en Panamá nunca fueron ratificados por las autoridades de cada república; las causas fueron que ya los “espíritus de localía” denunciados en su momento por Monteagudo, o sea los intereses de las oligarquías regionales que comenzaban a echar raíces en el poder, no tenían interés alguno en delegar ese poder en un organismo supranacional;junto con eso, las guerras civiles comenzaban a asolar a las jóvenes repúblicas.
Las potencias europeas y los Estados Unidos colaboraron diplomática, política, económica y militarmente, para que la soñada unidad bolivariana no se concretara. Señala Manuel Medina Castro, intelectual marxista ecuatoriano: “Tacubaya fue la tumba de todos los planes confederales”. Lo que siguió fue un cuadro sobrecargado de tonos sombríos. Venezuela se debate al borde de la guerra civil. Panamá pretende independizarse de Colombia, cuestión que más adelante logró con ayuda de EE.UU. Cartagena reclama una Convención y otros departamentos colombianos desconocen al gobierno de Bogotá. La división colombiana estacionada en Lima se subleva, exige regresar a Guayaquil y se opone a Simón Bolívar. Chile no acierta a constituirse; Buenos Aires está absorbido por la guerra con Brasil. México vive su propia crisis. El Salvador abandona el congreso centroamericano. El caos se extiende por todo el continente.
Esa grandiosa idea siguió vigente
Durante el resto del siglo XIX hubo varios intentos de retomar esa iniciativa de crear la Patria Grande, pero ya los intereses imperialistas se iban encargando de que no prosperaran. Durante el siglo XX talló fuerte, salvo excepciones circunstanciales como el Chile de Allende o permanentes como la Cuba de Fidel y el Che, la hegemonía y el dominio de EE.UU. A finales del siglo XX y comienzos del XXI, el presidente de Venezuela Hugo Chávez Frías intentó avanzar en esa dirección de unidad, y junto a otros presidentes como Kirchner, Evo Morales, Lula, Correa, fueron creando las condiciones para que así fuera. Se formaron instituciones como la CELAC y UNASUR, y se dieron pasos soberanos como el “No al ALCA”, hito histórico de la diplomacia y los movimientos sociales en Mar del Plata en 2005. Pero salvo Lula, que pudo regresar al gobierno en Brasil, el resto de esos mandatarios progresistas fueron eliminados del poder y por ende esos avances retrocedieron.
En este presente de resistencia, tenemos que despojarnos de los nacionalismos estrechos, del pago chico, para volver a pensar en la Patria Grande, en un americanismo bien entendido, en un bolivarismo del nuevo siglo, que combata tanto a los ideólogos de renovadas “integraciones” funcionales al colonizador actual, al panamericanismo neocolonizante, como a los eternos europeizantes que pregonan un neoliberalismo sometido.
Aquí hay una única Patria Grande que construir; desde el río Bravo a Tierra del Fuego. Aquí hay un único futuro de felicidad, grandeza, emancipación verdadera para los nuestroamericanos: la Confederación de pueblos latinoamericanos, como nos señalaba el Chileno Francisco Bilbao en 1856.
Suenan claras aún hoy, porque siguen vigentes, las palabras de José Martí pronunciadas en la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en 1893: “¡Pero así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el Inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy; porque Bolívar tiene qué hacer en América todavía!” Y ese tener qué hacer todavía deberá traducirse en la Confederación de Repúblicas Mestizas liberadas construyendo el socialismo.