En un contexto nacional e internacional en el que la lucha ideológica queda de relieve en cada disputa política y el anticomunismo se profundiza, entrelazar la teoría a la práctica se vuelve aún más importante. Rogelio Roldán, educador y dirigente del Partido Comunista de la Argentina, remarca en esta columna para Nuestra Propuesta las enseñanzas y el potencial del Manifiesto Comunista, a propósito del reciente 178 aniversario que se cumplió de la edición de esta obra fundacional.
El congreso de la Liga de los Comunistas encomendó a Marx y Engels la redacción de su programa. Este se conoció como el “Manifiesto del Partido Comunista”. Vio la luz en febrero de 1848 y constituyó una hazaña científica del marxismo. Hoy, salvo algunos conceptos ya superados por la época, no sólo conserva plena vigencia, sino que -en opinión de quien esto escribe- es más actual aún que al momento de publicarse. Claro está, de ningún modo significa que sea una obra atemporal. Por el contrario, su sentido político, actuando sobre un escenario concreto, es evidente. En él se expuso por primera vez, de manera sistemática, el materialismo consecuente, que enfoca globalmente la vida social de modo dialéctico, analizando todos los fenómenos que hacen a su desarrollo y fundamentando la teoría de la lucha de clases y el papel histórico del proletariado como creador de una nueva sociedad. Definen con precisión que de todas las contradicciones de una sociedad de clases antagónicas la principal es la contradicción generada en el mundo de la producción, en la división del trabajo social, vale decir, la lucha de clases, que es histórica y es el motor de la historia.
Respecto a su vigencia y a las actualizaciones necesarias, en el prólogo a la edición alemana de 1872, los mismos Marx y Engels anotan: "Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco años, los principios generales expuestos en este "Manifiesto" siguen siendo hoy, en su conjunto, enteramente acertados. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo "Manifiesto" explica que la aplicación práctica de estos principios depende siempre, y en todas partes, de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia exclusiva a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capítulo II. Este pasaje tendría que ser redactado hoy de distinta manera, en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias, primero, de la revolución de Febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al Poder político, este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado, sobre todo, que "la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines". (Véase "La Guerra Civil en Francia” Londres, Truelove, 1871, p. 15 donde esta idea está más extensamente desarrollada). Además, evidentemente, la crítica de la literatura socialista es incompleta para estos momentos, pues sólo llega a 1847; y al propio tiempo, si las observaciones que se hacen sobre la actitud de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición (capítulo IV) son exactas todavía en sus trazos generales, han quedado anticuadas en sus detalles, ya que la situación política ha cambiado completamente y el desarrollo histórico ha borrado de la faz de la tierra a la mayoría de los partidos que allí se enumeran. Sin embargo, el "Manifiesto" es un documento histórico que ya no tenemos derecho a modificar".
Es bueno resaltar que ellos concebían al programa -y todo el folleto así lo demuestra- no como una receta de medidas de gobierno, sino como la acción encaminada a constituir al sujeto social en sujeto político, en bloque político de la revolución.
La primera edición de este documento constaba de veintitrés páginas en octavo, y fue impreso en los talleres de la “Asociación Educativa de los Trabajadores”, en Liverpool Street N° 46, en Londres. En mayo de 1848 se la corrigió y aumentó a treinta páginas. En 1872 fue incluido como prueba judicial en el expediente contra los comunistas alemanes Wilhelm Liebknecht, August Bebel y Arthur Hepner, hecho que, paradójicamente, les permitió hacer una edición legal de tiraje masivo.
Antes de Marx y Engels muchos pensadores habían imaginado, y escrito, acerca de sociedades “maravillosas”, fraternas, humanas, etc., pero sin base real; en este texto aparece por primera vez un enfoque de sociedad socialista basada en una praxis concreta. Anotemos que la misma existe en Nuestra América y se llama Cuba Socialista. Es necesario aclarar que Marx y Engels, concebían al socialismo no como una formación económico social específica, sino como una fase de transición al comunismo, que era y es el objetivo estratégico. En el largo siglo transcurrido luego de sus muertes el agravamiento de la crisis del capitalismo -ya en su fase monopolista de Estado, su fase imperialista-, condujo a errores conceptuales, que llevaron a concebir la transición socialista como un fin en sí mismo, y a subestimaciones de este aserto. En ese sentido son muy útiles los aportes teóricos y políticos del Comandante Ernesto Che Guevara.
Si bien el “Manifiesto” es una obra propagandística, destinada a generar efectos políticos inmediatos -fue escrita como programa ante una revolución que estaba ahí, al alcance de la mano y, efectivamente, la misma estalló a mediados de 1848 en toda Europa-, la gran visión política de Marx y Engels les permitió prever cuestiones de mucho alcance, aún estuvieran equivocados -en verdad lo estaban- en cuanto a su convicción de que los trabajadores iban a tomar el poder y construir la sociedad comunista en ese momento.
Luego de la derrota de la revolución de 1848, la clase obrera se replegó y el folleto quedó un tanto relegado, pero en 1890, en el prólogo a la edición alemana de ese año, Engels dice: “En la actualidad, es indudablemente el monumento más extendido e internacional de toda la literatura socialista del mundo, el programa que une a muchos millones de trabajadores de todos los países, desde Siberia hasta California”.
Antes de continuar con el “Manifiesto...” que, como decía antes, es el programa por excelencia de la clase obrera, no resulta ocioso recalcar la vigencia de la misma. Más cuando se agita una serie de seudo-teorías posmodernas y posibilistas, surgidas en la década de los ’90, que anuncian sistemáticamente el fin de la clase obrera y de su rol en la sociedad, afirmación que lleva a negar la lucha de clases.
Sin embargo, la realidad demuestra que la clase no sólo existe, sino que por los avances tecnológicos se transforma y eleva la cuota de plusvalía, esto es de explotación. Dichas “teorías” arguyen que las nuevas tecnologías eliminan la explotación, pues el trabajador “ya no emplea un esfuerzo físico brutal”, y añaden que al “desaparecer” esa explotación, el obrero ha dejado de serlo y hoy es un técnico o un profesional. La verdad es que, cualquiera sea la forma en que se vende la fuerza de trabajo, vestido de overol o de cuello blanco, esa relación sigue existiendo y sigue produciendo plusvalía, ganancia, para la patronal. La tecnología reduce el empleo inclemente de la fuerza física, pero incrementa el esfuerzo intelectual y psicológico -además de la productividad- del trabajador. La explotación cambia de calidad, tomando un carácter de más en más oculto y camuflado, pero sigue siendo explotación.
La clase obrera -entendida como relación social y como cultura- abarca también al universo de desocupados, changarines, jubilados, cuentapropistas, hijos de trabajadores que nunca pudieron ingresar al primer empleo, etc. A ella, en las condiciones actuales del capitalismo neoconservador, se añaden sectores semiproletarios y afines, es decir el sujeto social pueblo, que es cada vez mayor.
Por el contrario, la clase obrera adquiere madurez histórica cuando logra desplegar su propia iniciativa política clasista y, con ella, construirse escenarios favorables para dirigir de manera integral la lucha de clases, poniendo así al estado patronal y todos sus instrumentos (instituciones, leyes, fuerzas represivas, medios de acción psicológica, etc.) a la defensiva.
El capitalismo financiarizado de hoy genera crisis de manera deliberada para concentrar más y más la riqueza y el poder. Sin embargo, no hay que caer en la ilusión de que la crisis por sí sola hundirá al capitalismo como sistema. No, al ser débil todavía la resistencia mundial a este sistema depredador, él genera crisis para debilitar aún más dicha resistencia y fortalecerse. No olvidemos que el “Manifiesto…” fue escrito en un auge de las luchas obreras, por eso comienza con la frase: “Un fantasma recorre Europa”. De ahí la necesidad de fortalecer hoy la resistencia y pasar a la ofensiva contra el capital financiero concentrado.
La esencia, la médula del “Manifiesto...” es la idea de establecer un poder proletario, de nuevo tipo, democrático por naturaleza. El pueblo trabajador debe utilizar su dominio político para arrancar a la burguesía explotadora todo el capital, concentrar los medios de producción -la tierra y las fábricas- en sus manos, y abrir posibilidades al desarrollo de las fuerzas productivas sociales -la clase obrera, las herramientas e instrumentos de producción y las técnicas productivas- hasta alcanzar la sociedad sin clases, la sociedad comunista.
Recalca que no habrá cambios sociales revolucionarios sin el poder político para imponérselos a las clases dominantes, que los resistirán, que no resignarán sus privilegios tranquila y pacíficamente. Vaya de muestra la dictadura cívico-militar genocida de 1976 a 1983. Ante el desarrollo político de los trabajadores, del movimiento estudiantil y de otras fuerzas sociales revolucionarizadas, las clases dominantes no vacilaron en dar un golpe preventivo e instaurar el terrorismo de estado para desaparecer a treinta mil compañeros, encarcelar a varios miles, entregar el patrimonio nacional e instalar el capitalismo neoconservador. Como varias veces en la historia argentina, no trepidaron en utilizar clandestinamente toda la fuerza del aparato burocrático-militar del Estado para cometer un genocidio que “resolviera” las agudas contradicciones y “salvara” al capitalismo local.
En esta obra también se expresa el alto contenido humanista y solidario de las ideas de Marx y Engels, dicen: “La sociedad comunista será una asociación fraternal de trabajadores libres, en la cual el libre desarrollo de cada uno será la condición para el libre desarrollo de todos”; ello significa que el trabajador atado a la explotación capitalista, encadenado a un patrón que le paga míseramente para que sobreviva y siga esclavizado, sólo podrá desarrollarse y poner su capacidad al servicio de todos cuando termine con las condiciones inhumanas del capitalismo, cuando libere al trabajo de la alienación y lo convierta en trabajo beneficioso para la sociedad y no para lucro de unos pocos que no trabajan. Es bueno repasar al comandante Ernesto Guevara y recordar: “El socialismo como simple método de repartija económica, no me interesa. El socialismo debe forjar al Hombre Nuevo”.
En el “Manifiesto…” -pese a ser una obra temprana, que a varios problemas los propone sólo como enunciados abiertos, a dirimir por la historia- aparecen con nitidez varios elementos indicativos de que el marxismo culminó su etapa de formación, a saber: desde su propio nombre, “Manifiesto del Partido Comunista”, muestra al movimiento obrero apareciendo en la escena política por sí mismo; en el capítulo primero dice: “...es la organización del proletariado en clase y, por lo tanto, en partido político”. Se ve claramente que se trata de ser clase para sí, es decir, de adquirir conciencia de su papel histórico de sepulturero del capitalismo.
Esta propuesta, la de generar conciencia de clase y constituirse en representación política de todos los sectores populares es, hasta la fecha, un objetivo esencial de los partidos revolucionarios, comunistas y obreros. Recalco que al hablar de “partido comunista”, no me refiero a un sustantivo, a una fuerza determinada, sino a una construcción política real, basada en construcciones de poder popular alternativo con las cuales se contribuye a su articulación y direccionalidad política, de modo de actuar con una estrategia y táctica únicas de confrontación con el sistema en su conjunto. En Antonio Gramsci encontramos muy desarrollado este problema teórico práctico bajo el concepto de hegemonía y contrahegemonía.
Me permito recalcar que el concepto “vanguardia” es tratado, en toda la obra de Marx y Engels, en el sentido de construcción de independencia de clase, de autonomía y de representación política para la lucha por el poder, jamás como autoproclamación “vanguardista” para diferenciarse formalmente de otros sectores de izquierda.
En cuanto a la lucha por la unidad, que es una ley del cambio político y social, aparece en el capítulo cuarto: “Los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos”. El tema de la unidad, uno de los problemas más candentes y -como objeto de análisis de la ciencia política y social- más complejos de resolución, solo funciona plenamente a favor de los trabajadores si está inscripta en la lógica de la toma del poder, además, claro está, de la construcción de contrahegemonía, de factor subjetivo, para lograrlo.
Por último, es destacable el diagnóstico preciso que hicieron sobre la mundialización irrestricta del giro del capital, al punto de unificar, después de la segunda guerra mundial, al planeta, económica, social y culturalmente bajo su dominio. Claro está que esa fase de la crisis del capitalismo, ya crisis civilizatoria, ha entrado en plena decadencia, en especial ante el declive irreversible de su nave insignia, el imperialismo norteamericano y el surgimiento de un nuevo mundo multipolar.