El rector de la Universidad Nacional de Rosario, Franco Bartolacci, pidió disculpas en nombre de la institución que dirige por la proyección del documental “La Gran Palestina” en la Facultad de Humanidades y Artes a cargo de la Cátedra Libre Said-Fanon. El lobby sionista en nuestro país, con el gobierno de Javier Milei en su núcleo, presionó contra la autonomía universitaria y tildó de “terroista” una actividad enmarcada en la solidaridad con el pueblo palestino, que resiste contra un régimen de apartheid y una guerra de exterminio.
(*)Por Melisa Giancrisostomo
El 1° de julio, en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, la cátedra libre "Said-Fanon. Acercamientos a la sociedad del Sur Global" proyectó el documental La Gran Palestina, del cineasta mexicano Rafael Rangel, y organizó un conversatorio posterior con la filósofa Silvana Rabinovich (UNAM) y el docente rosarino Federico Donner. Fue una actividad más, de las tantas que ocurren en las aulas de cualquier facultad pública del país. Pero esta actividad, en menos de dos semanas, se convirtió en un caso que expuso, con una nitidez incómoda, hasta dónde el órgano de gobierno de nuestra universidad pública está dispuesto a ceder ante el poder político.
El periodista Eduardo Feinmann calificó la proyección de La Gran Palestina en la UNR como "apología del terrorismo" en su programa radial, y poco después el subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, le envió una carta al rector Franco Bartolacci en la que exigió explicaciones y pidió que se aplicaran sanciones. El presidente Javier Milei retuiteó el reclamo y habló de "propaganda terrorista". Bartolacci respondió en menos de 24 horas: sostuvo que la actividad no había tenido aval institucional, pidió disculpas a la comunidad judía argentina y anunció la apertura de un sumario administrativo y acciones legales contra los responsables.
Esa carta, sin embargo, contiene su propia contradicción: en el mismo texto donde el rector afirmó que "la universidad es cuna de la diversidad de opiniones, de la circulación de ideas y del respeto a la expresión libre", anunció sanciones contra quienes ejercieron precisamente eso. No hizo falta que nadie interpretara nada; el propio documento se desmintió a sí mismo en el espacio de un párrafo.
Ese salto conceptual —de un documental a una acusación penal— merece revisarse de cerca, porque la expresión que instaló Feinmann es apenas una posición editorial propia. Vale aclarar, en estos tiempos de disputas de sentido, que lo que piense Eduardo Feinmann no configura por sí mismo que se haya cometido un delito penal como es, en la Argentina, la apología del terrorismo. No hubo ninguna instancia judicial que evaluara si el documental o el debate posterior encuadran en esa figura. Lo que hubo fue una acusación mediática y política que el rector, en los hechos, no desmintió. Se disculpó y anunció sanciones.
Lo más incómodo para el relato oficial, de hecho, no vino de un medio "pro Palestina", sino de un medio de la comunidad judía de México. En una entrevista, Silvana Rabinovich remarcó lo paradójico del gesto: la disculpa de Bartolacci se dirigió "a la comunidad judía" pese a que dos de las tres personas que protagonizaron el debate —ella misma incluida— eran judías. La filósofa calificó la respuesta institucional como algo "sorprendente" y advirtió sobre lo que definió como un clima de "pánico moral" que se instaló en cuestión de horas. Esa perspectiva desarma la lectura binaria que instalaron el gobierno de Milei y algunos operadores mediáticos, según la cual hablar del genocidio en Gaza equivale a una ofensa contra "la comunidad judía" en bloque. La disputa que se abrió en la UNR no fue entre una universidad y una comunidad religiosa: fue, y es, una disputa política, entre quienes conciben la denuncia de lo que ocurre en Gaza como un ejercicio legítimo de la libertad académica y quienes la equiparan, sin matices, con el terrorismo.
Rabinovich fue más allá y cuestionó la definición de antisemitismo que adoptó la Argentina, promovida por la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA), al sostener que esa definición "puede causar este tipo de censura que termina convirtiéndose en autocensura". El caso de la UNR confirma esa advertencia, ya que la herramienta que debería combatir el antisemitismo real terminó funcionando como un mecanismo de disciplinamiento hacia quienes cuestionan la política del Estado de Israel, aun cuando esas voces provengan de dentro de la propia comunidad judía.
A todo esto se suma un dato que por sí solo dice más que cualquier análisis: Bartolacci contestó en menos de un día, sin investigación previa, sin consulta a los órganos de cogobierno de la universidad, sin tiempo de deliberación institucional. Y esto ocurrió en medio de la disputa presupuestaria contra el Gobierno por el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, lo que vuelve aún más llamativa la premura. Bartolacci no es un funcionario técnico ni un recién llegado a la disputa con el gobierno nacional; es un dirigente de la Unión Cívica Radical que, apenas un tiempo atrás, encabezó la convocatoria a la Marcha Federal Universitaria contra el ajuste de Milei. ¿Qué cambió entre aquel Bartolacci que se paraba frente al ajuste y este que pidió disculpas en 24 horas por un documental sobre Gaza?
Una hipótesis posible aparece si se mira el tablero electoral santafesino. A nivel provincial, la UCR que conduce el gobernador Maximiliano Pullaro compite contra La Libertad Avanza sin aliarse a ella en los comicios provinciales, aunque sabe que pesca votos en la misma pecera y comparte una porción del electorado con los libertarios. A nivel nacional, en cambio, el bloque de legisladores radicales suele acompañar buena parte de las leyes que impulsa el gobierno de Milei en el Congreso. La UCR juega, entonces, a no ser Milei y a no ser tampoco lo que Milei llama "zurdaje": de ese electorado libertario que todavía no vota LLA no le conviene alejarse, y del kirchnerismo le conviene diferenciarse todavía más. En ese equilibrio, convertir a la UNR en la postal de la resistencia universitaria contra el Gobierno es exactamente lo que Bartolacci no se puede permitir de cara al 2027. Por eso la respuesta fue tan rápida y tan dócil. El rector no defendió a la universidad, cuidó a su partido.
La misma carta en la que Bartolacci pidió disculpas afirmó que la universidad "pregona y actúa en defensa irrestricta de la igualdad, la libertad, la democracia y la paz en el mundo". Pero esa frase, a esta altura, ya no resiste una lectura seria. No se defiende la igualdad disculpándose por denunciar un genocidio, no se defiende la libertad abriendo un sumario a los organizadores, no se defiende la democracia cediendo ante la primera presión de un funcionario. La autonomía universitaria no se pierde sólo cuando se la desfinancia. Se pierde cuando, desde el propio rectorado, se entrega la libertad de cátedra a las presiones del poder político. Eso fue lo que hizo Bartolacci. Claudicó ante una batalla que no daremos por perdida: denunciar el genocidio en Gaza y advertir al mundo sobre los crimenes de guerra que comete el estado de Israel.
(*) Melisa Giancrisostomo es Periodista y Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Rosario