Con la atención concentrada en la Copa del Mundo, el imperialismo yanqui vuelve a escalar la guerra contra Irán. En Argentina, la clasificación sufrida de la Selección a semifinales para enfrentar a Inglaterra convive con el patriotismo impostado por el gobierno neocolonial de Javier Milei y por sus maniobras para avanzar con reformas que profundizan el ajuste y la pérdida de soberanía. Cuando termine el mundial, ¿podrá ponerse en el centro de la agenda política la realidad de una crisis sistémica que continúa agravándose y golpea con crudeza en nuestro país?
Mientras los ojos del mundo estaban puestos en los partidos del mundial, Estados Unidos volvió a bombardear Irán por orden de Donald Trump, profundizando una escalada militar que amenaza con incendiar nuevamente Medio Oriente y demostrar, una vez más, que el imperialismo no conoce treguas, ni siquiera (o más aún) cuando todos parecen estar pendientes de otra cosa.
La guerra, la política y el deporte, lejos de transitar caminos separados, volvieron a confluir en esta Copa del Mundo. Así como la discriminación deportiva que sufrió Irán, oportunamente denunciada desde Nuestra Propuesta, estuvo a la orden del día en la cita mundialista, no faltaron tampoco las críticas por la proclamada aunque nunca practicada “neutralidad política” de la FIFA en relación a la clara y valiente postura del entrenador egipcio Hossam Hassan, quien decidió utilizar la enorme visibilidad del torneo para expresar su solidaridad con el pueblo palestino. Primero apareció con una bandera palestina sobre el césped y luego, antes de enfrentar a la Argentina, dejó un mensaje imposible de reducir a una simple declaración futbolística. En ella sostuvo que quien no siente el sufrimiento del pueblo palestino "no tiene humanidad" y pidió al mundo utilizar el fútbol como una herramienta para romper el silencio frente a la tragedia que vive Gaza. En un escenario donde abundan las declaraciones vacías y el temor a incomodar a patrocinadores o gobiernos, Hassan recordó que el fútbol, mal les pese a la FIFA y a los Estados Unidos, también puede ser un espacio para defender causas justas.
Quizás por eso el triunfo argentino sobre Egipto tuvo un condimento especial. La Selección consiguió el pase a cuartos de final luego de un trabajado 3 a 2, en un partido que volvió a mostrar la capacidad del equipo de Lionel Scaloni para sobreponerse a la adversidad, aunque también dejó expuestas dificultades defensivas y momentos de incertidumbre. Frente a Suiza este último sábado Argentina volvió a ganar con carácter, pero sufriendo otra vez más de lo esperado. Los buenos rendimientos y los resultados en los mundiales suelen construirse desde ese tipo de victorias. Trabajadas y sufridas. Y de eso la “Scaloneta” siempre ha sacado chapa. Este miércoles será el turno de chocar nada menos que contra Inglaterra en semifinales. La expectativa ya empezó a palpitarse desde la misma madrugada del domingo, ni bien llegó el pitazo final en Atlanta y la gente salió masivamente a festejar al grito de “el que no salta es un inglés”. Pese a la represión de los gobiernos de Jorge Macri y Javier Milei, que parece que no se bancan ver feliz, aunque más no sea por un rato a ese mismo pueblo que ajustan y hambrean.
Luego de la victoria en cuartos, el DT argentino, Lionel Scaloni, declaró que el partido contra los ingleses no es más que un partido de fútbol. En tanto que Rodrigo De Paul, indicó que las diferencias con Inglaterra no se pueden arreglar adentro de una cancha. Queda claro que es lo que se esperaba que dijeran y, en un punto, es hasta lo que tienen obligado a decir por más que entiendan perfectamente la connotación del partido de este miércoles. Pero resulta obvio que un mundial es mucho más que fútbol y que el fútbol, sobre todo en nuestro país, es mucho más que un deporte. El recuerdo permanente de la guerra de Malvinas se hace inevitable, como también soñar con otro diez convirtiéndose en héroe como en el 86.
En medio de la alegría por la clasificación a cuartos tras constituirse una vez más en el protagonista principal de la remontada y la victoria argentina contra Marruecos, Lionel Messi fue fotografiado junto al ultraderechista español Javier Negre, fundador de La Derecha Diario y estrecho aliado político de Javier Milei. La fotografía recorrió rápidamente las redes sociales y no tardó en ser utilizada como una herramienta de legitimación por parte de los sectores más reaccionarios. No puede ignorarse que no es la primera vez que la figura de Messi termina siendo aprovechada por representantes del poder económico o de la derecha internacional. Su inmensa calidad deportiva convive desde hace años con una llamativa indiferencia respecto de quienes utilizan su imagen para construir prestigio político mientras hacen sufrir al mismo pueblo al que Messi le regala tantas alegrías.
Las contradicciones de este Mundial también dejaron una escena cargada de simbolismo cuando Bélgica eliminó con claridad a Estados Unidos. Después del cuarto gol, los futbolistas belgas celebraron imitando el característico y torpe baile de Donald Trump, en una burla que rápidamente dio la vuelta al mundo. Resultó inevitable leer esa imagen en paralelo a los nuevos bombardeos ordenados por el presidente estadounidense sobre la República Islámica de Irán. Mientras Trump intenta imponer su poder mediante la fuerza militar, su seleccionado se despedía del Mundial de la peor manera. El fútbol, por supuesto, no modifica la correlación de fuerzas internacional, pero en esta ocasión dejó una postal que muchos interpretaron como un pequeño acto de justicia deportiva frente al tirano que no para de sembrar muerte sobre los pueblos.
La Argentina post mundial
En nuestro país, mientras la Selección continúa alimentando la ilusión de millones, el gobierno de Milei intenta sacar provecho al máximo del clima mundialista. La renuncia inducida del ex Vocero Presidencial y ex Jefe de Gabinete dada a conocer un rato antes del partido que la Scalonetta le ganara, otro sábado por la noche, a Jordania fue el momento estudiado por Casa Rosada para sacarse el clavo de Adorni. El Presidente anunció que pondrá la casa de gobierno a disposición para un eventual festejo del seleccionado (anulamos mufa), aunque aclaró que él no estará presente porque considera que el mérito, por si fuera necesario aclaralo, “pertenece exclusivamente a los jugadores”. La declaración, de todas maneras, abre inevitablemente un interrogante: ¿aceptará el plantel esa invitación? La experiencia de 2022 permanece demasiado fresca. Aquella Selección, con prácticamente los mismos protagonistas que la actual, decidió no asistir a la Rosada justamente para evitar que un triunfo popular fuera utilizado con fines políticos por el entonces gobierno de Alberto Fernández . Habrá que ver cuál es la decisión esta vez.
Mientras tanto, lejos de los festejos, este gobierno continúa impulsando su ofensiva de reformas que comprometen seriamente la soberanía nacional. La modificación de la Carta Orgánica del Banco Central, los cambios sobre el régimen de propiedad de la tierra, el avance privatizador sobre la vía navegable troncal del Paraná-Paraguay, la profundización del RIGI y la flexibilización de normas ambientales y laborales forman parte de un mismo combo oficialista que favorece al gran capital y consolida la dependencia. Resulta evidente que el paquete quiere cerrarse los más pronto posible, mientras duren las alegrías futboleras del mundial.
Sin embargo, sería un error mirar con desconfianza la alegría popular. Como ocurrió en Qatar 2022, cada victoria argentina vuelve a llenar plazas, avenidas y barrios de un pueblo que necesita encontrarse, abrazarse y celebrar en medio de una situación económica cada vez más difícil. Es una alegría genuina, que pertenece profundamente al pueblo trabajador y que contrasta con el clima de ajuste, despidos y represión que domina la vida cotidiana. No es casual que los mismos sectores que reprimen jubilados, trabajadores y estudiantes cuando reclaman por sus derechos sean incapaces de comprender esas manifestaciones espontáneas de felicidad colectiva.
Es posible que el Mundial le otorgue al gobierno algunas semanas más de oxígeno político. Las victorias de la Selección generan un clima de unidad y entusiasmo que inevitablemente desplaza otras discusiones urgentes. Pero la pelota dejará de rodar. Sea Argentina campeona o no, la realidad volverá a imponerse con toda su fuerza. Los salarios seguirán perdiendo frente a los precios, las jubilaciones continuarán siendo insuficientes, la entrega de recursos estratégicos no desaparecerá y el deterioro de las condiciones de vida del pueblo seguirá profundizándose.
Las multitudinarias celebraciones muestran que existe un pueblo dispuesto a ocupar nuevamente las calles. Hoy lo hace para festejar a la Selección o despedir a un ídolo de nuestra cultura como el Indio Solari, homenajeado por Lisandro López en su festejo de gol contra Cabo Verde. Mañana, cuando el Mundial termine y la realidad vuelva a golpear con fuerza la puerta de millones de hogares, esa misma energía popular puede encontrar otros motivos para expresarse. Porque los problemas que hoy quedan momentáneamente ocultos detrás de la pasión futbolera no desaparecen. Se acumulan. Y cuando la fiesta termine, volverán a estar ahí, reclamando respuestas que ningún campeonato del mundo puede ofrecer. Si la bronca popular no logra encauzarse organizadamente en las calles no será culpa del fútbol.