En el 176 aniversario del fallecimiento del General José de San Martín, su ideario y su ejemplo de lucha reverdecen de la mano de reivindicaciones patrióticas, en defensa de la soberanía nacional que el gobierno de Javier Milei se dispone a entregar. En esta columna para NP, la periodista y escritora Ana María Ramb reflexiona sobre el legado sanmartiniano, tantas veces manipulado por la historia oficial, y convoca a seguir poniéndolo en práctica.
Por Ana María Ramb
Sin ser escultor, Bartolomé Mitre creó una estatuaria de bronce dedicada a representar la figura histórica del general José Francisco de San Martín como la de un militar estrictamente dedicado al campo profesional, neutro o imparcial en política, y ajeno a la gestión de gobierno. El propósito del autor de la primera biografía de San Martín era imponer en la memoria cívica de la Argentina la categoría de un prócer máximo que hubiese sido incapaz de dañar el proyecto de la oligarquía centrista porteña. El revisionismo que se atrevió a analizar esta historia oficial puso en cuestión las pretensiones mitristas. Pero, sobre todo, fue la fuerza clara incontenible de la dimensión humana de quien fue, antes que un genial estratega militar, un revolucionario, un hombre comprometido con su tiempo y con el proyecto de una patria grande, libre, unida y soberana (la que décadas después el cubano José Martí llamará Nuestra América), lo que impide hoy la legitimación de aquella versión, impuesta por años en las currículas escolares.
A total servicio del proyecto emancipador americano, que maduraba también en otras y otros criollos a lo largo de este continente, San Martín fue discriminado. ¿Cómo puede explicarse que en ésta, su tierra, adonde regresó a los 34 años con el grado de teniente coronel del ejército español, la alta burguesía portuaria le colgara con sorna los motes de “tape de Yapeyú” o ”indio misionero” por el aspecto trigueño o aceitunado de su tez?
Pero San Martín está templado ante la adversidad, y pone en primer plano su proyecto liberador, con la certera visión, la generosidad y modestia que encuentra también en Manuel Belgrano, al que le ordenan reemplazar en el Ejército del Norte. Ninguno de ellos piensa que, en la posteridad, tendrán sitios de altísimo honor en el panteón de los héroes de nuestra historia; San Martín también en la historia del mundo. En la posta de Yatasto, Belgrano escucha con gran entusiasmo lo que San Martín le confía: su plan del cruce de los Andes para liberar Chile primero, y luego marchar al Perú con idéntico objetivo. Una estadía conjunta de un mes sellaría entre ambos una sólida amistad, cimentada en ideales compartidos y en frecuente correspondencia, en la que se incluirá a Martín Miguel de Güemes, quien tendrá a su cargo sostener la frontera del norte frente a los avances realistas, para que San Martín pueda cumplir la Campaña de los Andes.
Nuestro héroe máximo será luego calumniado, perseguido, espiado e, incuso, amenazado de muerte por quien puso siempre escollos al proyecto emancipador desde los altos cargos políticos que consiguió alcanzar. Se trata del primer político en ocupar el sillón presidencial, y el primero también en contraer una monstruosa deuda externa: Bernardino Rivadavia, líder del centralismo porteño y elitista, con una mirada europeizante, opuesta al proyecto americano integrador de San Martín. Rivadavia retaceaba los recursos necesarios para concretar la primera parte de la Campaña de los Andes, que San Martín preparaba desde su cargo de gobernador de Cuyo. Fue en esa instancia que éste demostró su enorme capacidad de estadista. Fertilizó los terrenos semidesérticos de Mendoza, al construir acequias y canales que aprovechaban las aguas del deshielo. Inauguró la primera industria metalúrgica (el taller para fabricar armas, dirigido por fray Luis Beltrán fue su base) y dio fuerza institucional a la incipiente industria vitivinícola. Mejoró la economía de la provincia, afectada por los “recortes” que aplicaba el gobierno central (ya con Carlos María de Alvear como Director Supremo), con un aumento de impuestos a los más ricos, tan renuentes a pagarlos como a permitir que sus hijos se alistaran en el Ejército Grande.
Echaba San Martín las bases de un modelo económico autosuficiente, donde la educación y la cultura no quedaron al margen: se fundaron escuelas y bibliotecas. Se estimuló la participación de las mendocinas en distintas tareas; en el taller de confección de uniformes para la tropa, dirigido por Remedios de Escalada, esposa de San Martín, y en la formación de una muy eficaz red de inteligencia con predominio de las cuyanas, en conexión con mujeres chilenas, que desorientaron a los realistas y sus espías sobre el periplo y recursos de las fuerzas patrióticas en el cruce de las cuatro hileras de montañas a atravesar por seis diferentes pasos cordilleranos. Las tropas realistas controlaban otros cuatro pasos, convencidas de que el Ejército Grande pasaría por allí. Nada que ver.
La hazaña del cruce de los Andes para liberar a Chile del yugo español es estudiada en todas las academias militares del mundo, por su notable plan estratégico y de logística. Reunió a casi 6.000 hombres, 1 0.600 mulas y cañones, además de ganado en pie para la alimentación de la tropa. Cumplido el objetivo, San Martín dejó a Bernardo de O´Higgins en el gobierno, y se embarcó con sus tropas hacia Perú, donde estaba el núcleo principal de la resistencia realista. Sin embargo, no fue necesario librar cruentas batallas; las fuerzas españolas se retiraron sin batallar. San Martín proclamó la independencia del Perú el 28 de julio de 1821 en una ceremonia fundacional y masiva. Pero el control de todo el territorio no estaba asegurado todavía. Buenos Aires no giraba recursos para el reequipamiento del Ejército Grande. Reunido San Martín con Bolívar en Guayaquil en 1822, del encuentro no resultó una estrategia conjunta para concluir con éxito la liberación de Nuestra América, y tampoco San Martín obtuvo la ayuda militar que esperaba, habiendo colaborado con Bolívar en la cesión de 1.300 hombres para librar las tres últimas batallas en la zona norte de América del Sur. Son esos hombres los mismos que participarán en la batalla de Ayacucho en 1824, con la que culmina la liberación de América del Sur. San Martín suma sus tropas a las de Bolívar y se retira en silencio.
El exilio de San Martín es discreto y sacrificado. Le deben los salarios de seis años de servicio ininterrumpido, y en Buenos Aires el clima político está en combustión. Resulta alentador, pese a todo, que San Martín pueda al fin cumplir en plenitud con su rol de padre, ya que lo acompaña su hija Merceditas. Intentará el general volver años después a su patria, pero la encuentra gravemente dividida entre unitarios y federales. Le afecta en profundidad el fusilamiento de Manuel Dorrego, ordenado por Juan Galo de Lavalle; ambos habían sido destacados oficiales en el Ejército Grande, por lo que nuestro héroe decide no desembarcar en Buenos Aires y retornar a Francia. Deja aquí como legado su sable corvo, del que será destinatario Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento a su valiente defensa de la soberanía de nuestra patria en dos potentes bloqueos: el primero, efectuado por Francia, y el segundo, por las flotas combinadas de ese mismo país y el Reino Unido. Considera impecable la actuación de la política exterior de Rosas en aquellas dos difíciles instancias, pero le da a conocer sus reservas sobre el manejo de la política interna.
Así, retorna a Boulogne-sur-Mer, donde fallece a los 72 años el 17 de agosto de 1850, rodeado del entrañable afecto de su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus dos nietas.
En estos momentos aciagos, cuando el gobierno de Javier Gerardo Milei pretende balcanizar el país para vender recursos y territorios enteros al mejor postor, pero con predominio en la toma de decisiones por parte de los Estados Unidos e Israel, recordar y rendir homenaje a José de San Martín, que lo dio todo por la emancipación y soberanía de la República Argentina y Nuestra América, es una tarea de recuperación de nuestros más nobles ideales y de toma de conciencia ciudadana para asumir nuestro lugar en la lucha. ¡Seamos libres y soberanos, y lo demás no importa nada!