En los distintos escenarios bélicos de los últimos años, el gigante asiático ha venido tomando una postura diplomática fuerte en apoyo a sus aliados, pero jamás ingresó de forma directa a ningún conflicto. Sin embargo, la cuestión de Taiwán seguirá siendo su “línea roja”.
Tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, China ha mantenido una postura cautelosa y diplomática frente al conflicto, priorizando el diálogo y la no intervención militar, sin negar su respaldo a Irán en lo diplomático y estratégico.
Estas estrategias de paños fríos ante las escaladas, pero también de fuertes respaldos simbólicos a sus aliados en el tablero global y, asimismo, la firme determinación en defensa de su soberanía sobre Taiwán, responden a una narrativa diplomática basada en su propuesta de política exterior: la Iniciativa para la Gobernanza Global (IGG), que consiste fundamentalmente en principios como la igualdad soberana, el respeto al derecho internacional, la promoción del multilateralismo y un enfoque centrado en las personas.
Asimismo, China propone una visión global de la “construcción de una comunidad de futuro compartido para la humanidad”, reforzada por cuatro iniciativas globales que buscan impulsar una cooperación internacional inclusiva, la paz duradera, la seguridad universal y la prosperidad común. La IGG actúa como la directriz para lograr este objetivo, proporcionando una estrategia integral que aborda las dimensiones del desarrollo, la seguridad, la civilización y la gobernanza.
Las bases de estos conceptos para entender la política exterior china en el actual contexto se remontan a los “Cinco Principios de Coexistencia Pacífica”, establecidos originalmente en 1954 por Zhou Enlai. Estos principios guían las relaciones entre Estados independientemente de sus sistemas sociales o ideologías: respeto mutuo a la soberanía e integridad territorial, no agresión mutua, no intervención en los asuntos internos de otros países, igualdad y beneficio recíproco, y coexistencia pacífica.
Dichas posturas las ha replicado en antecedentes recientes de mediación o posicionamiento diplomático, como en el conflicto Rusia–Ucrania, donde evitó cualquier tipo de condena y presentó propuestas diplomáticas para propiciar negociaciones por la paz.
Tampoco se puede dejar de lado que fue parte del acercamiento entre Irán y Arabia Saudita en 2023. China facilitó un acuerdo entre ambos países, logrando un restablecimiento de relaciones diplomáticas luego de años de conflicto. Este logro fue anunciado en Beijing y fue considerado uno de los mayores éxitos diplomáticos recientes de la República Popular.
Asimismo, en el actual conflicto el interés por la estabilidad se observa en que el “gigante asiático” busca poder llegar a un acuerdo tras el cierre del estrecho de Ormuz, vital para el comercio energético global y para sus propias rutas logísticas. Vale mencionar que China e Irán tienen un “convenio estratégico” desde el año 2021, cuando firmaron un pacto de cooperación por 25 años, con inversiones chinas de hasta 400.000 millones de dólares en energía, infraestructura y telecomunicaciones.
Mientras desde Beijing no cesan de utilizar la vía diplomática para que los impactos económicos a nivel global del conflicto no pasen a mayores tras la reciente subida del precio del petróleo, queda expuesto cómo Estados Unidos desata la guerra porque es un imperio a la defensiva frente al nuevo orden mundial de carácter multilateral, donde surgen China y Rusia, principalmente dentro de los BRICS, como nuevos ejes articuladores de la economía y la geopolítica. El conflicto permite a China presentarse como una potencia responsable, en contraste con EE. UU., que aparece como una fuerza desestabilizadora para la paz ante su derrumbe y crisis interna.
La RPCh, que maneja los tiempos de la diplomacia mundial en las cuestiones en las que puede interceder, siempre deja en claro que la reunificación de Taiwán es algo que no está en discusión y se mantiene atenta a cualquier provocación o injerencia extranjera, o secesionista propia de la isla. Por eso no se fía ni de Estados Unidos ni de sus aliados regionales, principalmente Japón. Vale mencionar que EE. UU., si bien adhiere formalmente al “principio de una sola China”, en reiteradas ocasiones ha provocado tensiones vendiéndole armas al gobierno local de Taiwán. Por otro lado, Japón sigue siendo un aliado estratégico muy importante en seguridad en Asia Pacífico para Trump.
“Taiwán ha sido parte integral de China desde la antigüedad y cualquier intento de crear ‘dos Chinas’ fracasará”, declaró este domingo el ministro de Exteriores del gigante asiático, Wang Yi. A finales de 2025, la primera ministra nipona, Sanae Takaichi, aseguró que las Fuerzas de Autodefensa japonesas podrían intervenir en caso de conflicto en el estrecho de Taiwán.
Ante esto, Wang Yi dejó en claro que “el futuro de las relaciones entre China y Japón depende de la elección de Japón”. No fue un simple reproche diplomático. El ministro chino recordó el pasado colonial japonés sobre Taiwán, habló del aniversario de la guerra contra la agresión japonesa y deslizó la idea de que Tokio podría estar vaciando de contenido su propia Constitución pacifista si utiliza la hipótesis taiwanesa para justificar una acción de autodefensa colectiva. Visto desde Beijing, ahí aparece el verdadero peligro: que Japón normalice una implicación mayor en una crisis en torno a la isla y la presente como un movimiento defensivo y legal, desplazando su doctrina de seguridad.
China deja en claro que Taiwán representa “una línea roja que no debe cruzarse ni pisotearse”, retomando las declaraciones de Yi. El “gigante asiático” apuesta a que, a medida que se debilite el poder de Estados Unidos y pueda ceder su presencia en la zona de Asia Pacífico —donde todo indica que se está generando un repliegue hacia el resto del continente americano enmarcado en su nueva doctrina de seguridad—, Taiwán quede más aislada de los intereses geoestratégicos de Washington en Asia.
Como uno de los principales hegemones del poder global, el país gobernado por Ci Jinping y el Partido Comunista ha conseguido generar condiciones en el ámbito de la diplomacia, la economía y las relaciones culturales para que nadie pueda recriminarle, en el marco del Derecho Internacional, en el caso de tener que defender la isla de Taiwán mediante el uso de la fuerza ante una intervención extranjera o el apoyo a los secesionistas internos. Estos últimos están principalmente representados en sectores afines al gobierno taiwanés de Lai Ching-te, del Partido Demócrata Progresista.
El gobierno chino, 1mientras tanto, combina presión militar, aislamiento diplomático y desgaste político. A finales de diciembre de 2025, China llevó a cabo grandes maniobras alrededor de Taiwán, con ejercicios de fuego real y un despliegue pensado para simular cerco y capacidad de bloqueo. Después, en las últimas semanas, se observó una caída llamativa de los vuelos militares chinos cerca de la isla, algo que algunos analistas vinculan a cálculos tácticos antes de nuevos contactos con Washington o a ajustes internos en el Ejército Popular de Liberación.
Por su parte, el PCCh seguirá tejiendo lazos con los sectores que no descartan una reunificación plena de Taiwán con la China continental y mantendrá los valores de la diplomacia para que pueda darse una ordenada y pacífica transición hacia ese objetivo. Si en el transcurso del tiempo ningún país interfiere en el asunto Taiwán, para el centenario de la República Popular China en 2049, Beijing tiene estipulada la reunificación total de la nación.