El Mundial de Fútbol 2026, que se disputará entre el 11 de junio y el 19 de julio en Estados Unidos, México y Canadá, está envuelto en una fuerte polémica. La pelota rueda entre cacerías de inmigrantes, invasiones y amenazas de Washington a medio planeta. Entre esos países apuntados por la retórica belicista de Donald Trump están también los dos co-organizadores del próximo mundial.
La reciente intervención militar del imperialismo yanqui en Venezuela, que incluyó el secuestro del presidente Nicolás Maduro, despertó un debate sobre si la FIFA podría reconsiderar la disputa del Mundial en suelo estadounidense. Aunque no hay una postura oficial de la organización, especialistas en derecho deportivo han señalado que, según el propio reglamento de la FIFA, un país involucrado en conflictos puede ser vetado de competencias internacionales. Como antecedente más cercano podría citarse el caso de Rusia tras la incursión militar a Ucrania.
En medio de los preparativos de la Copa del Mundo que organizan conjuntamente, Donald Trump amenazó con anexar Canadá al territorio estadounidense y escala a diario las amenazas contra México, además de aumentar la persecución fronteras adentro a ciudadanos mexicanos.
Organismos internacionales y medios han advertido que la invasión de Washington del 3 de enero a Caracas podría afectar la realización del torneo si se considera que vulnera los principios de neutralidad y paz que promueve el fútbol. Claro que, amén de las reglas y declaraciones de principios, el criterio siempre es subjetivo. Tan subjetivo que Trump recibió en el sorteo de grupos de la próxima Copa el “Premio FIFA de la Paz” de manos Gianni Infantino, el CEO del máximo organismo del fútbol mundial.
Una de las voces más destacadas y polémicas ha sido nada menos que la del expresidente de la FIFA, Joseph Blatter, quien instó a los aficionados a no asistir al Mundial en Estados Unidos, argumentando que la situación política y social en ese país lo convierte en un lugar inapropiado para albergar el evento. Y, más aún, calificó a EE. UU. como un “estado rebelde” que no debería organizar el Mundial según los estatutos y el código de derechos humanos de la FIFA.
Si bien sus palabras generaron reacciones y debates, la postura oficial de federaciones nacionales de fútbol importantes aún está lejos de apuntar a un boicot generalizado contra EEUU como sede mundialista, aunque sí hay sectores que empiezan a analizar la situación con preocupación.
Es curioso que una persona tan relacionada al poder como Blatter salga a realizar estas afirmaciones. Seguramente se recordarán las veces que nuestro astro futbolístico y popular Diego Mardona lo ha enfrentado, con duras críticas hacia su persona y su gestión en FIFA. No fue casual que le hayan “cortado las piernas” al Diego en el mundial de Estados Unidos del 94 con aquel supuesto dóping positivo.
¿Lo de Blatter podría ser una venganza por el “FIFA Gate” y porque no le tocó un pedazo de la torta de los millones que viene facturando la entidad rectora del fútbol mundial con inversiones yanquis, árabes y chinas?
Lo cierto es que el clima geopolítico está tan convulsionado que nadie puede predecir qué será lo que vaya a pasar de aquí a junio, cuando debería iniciar el mundial. Sin embargo, esta visión de una persona que estuvo en una posición tan importante como Blatter respecto a Estados Unidos, en este contexto quizá sirva de puntapié para que otros poderosos del fútbol pongan en debate cuestiones globales que ya no pueden dejarse pasar así como así.
En medio de esta controversia política, el gobierno de Estados Unidos y la FIFA presentaron el sistema “FIFA Pass”, una iniciativa anunciada para facilitar la tramitación de visados para aficionados que ya hayan adquirido entradas del Mundial 2026. Por medio de esta “promo” se otorgan citas consulares prioritarias para entrevistas de visa. Pero queda claro que con esto no se garantiza la aprobación de la misma, ya que todo sigue sujeto a los requisitos del proceso migratorio, que se vuelven cada vez más restrictivos en el autoproclamado “país de la libertad” que sigue cazando inmigrantes por las calles todos los días.
La polmeica se profundiza con las denuncias por violación a los derechos humanos que acumula semana a semana el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), una suerte de gestapo migratoria yanqui contra la población latina, árabe y africana que vive en territorio estadounidense. Al repudio de esta cruzada de Trump contra los inmigrantes se le suman el repudio por su su implicacion en casos de abuso y pedofilia en la isla de Jeffrey Epstein y en su mismísima mansión de Mar-a-Lago, además de las crecientes críticas por su política exterior.
Aunque sobran razones para poner en debate la realización del mundial en los EEUU, hasta ahora, la FIFA no ha dado indicios sobre la suspensión ni el cambio de sede. Su presidente Gianni Infantino se ha limitado a declarar que el torneo “debe ser una celebración global del fútbol que una a personas y países”.
The show must go on. A pesar de las tensiones políticas, la planificación del Mundial continúa y se espera que participen 48 selecciones, en lo que será la primera edición de este formato ampliado.
La doble vara con las invasiones y las violaciones a los derechos humanos
Por acción o por omisión, la FIFA y el COI (Comite Olimpico Internacional) se han caracterizado a lo largo de su historia por tomar posicionamientos en beneficio de las potencias imperialistas como EEUU, Inglaterra, Francia e Israel en muchos de los conflictos geopolíticos a partir de la Segunda Guerra Mundial en adelante.
Vale mencionar que el fútbol sólo paró en dos ocasiones: los mundiales de 1942 y 1946 no se disputaron, a causa de la segunda guerra. Sorprendentemente, o no tanto, el primero de estos estuvo a punto de celebrarse en la Alemania nazi de Hitler.
Por otro lado, en 1978, mientras la última dictadura militar desaparecía, torturaba y mataba a miles de personas, la FIFA organizó el mundial en Argentina. El 14 de junio de 1982 finalizó la Guerra de Malvinas, que dejó un primer saldo de 650 argentinos y 255 ingleses muertos. Un día antes comenzaba a disputarse el Mundial de España en el que estaban presentes Inglaterra y Argentina. Por su puesto jamás hubo un gesto de la FIFA hacia el reconcomiendo de la soberanía argentina sobre Malvinas ni un minuto de silencio por las víctimas.
En los últimos años, Estados Unidos realizó operaciones militares oficialmente en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Somalia, Libia, Nigeria, por no contar las guerras que “tercerizó”. Y la lista de regiones bombardeadas por Washington en la historia toda es interminable. Sin embargo, Estados Unidos nunca fue sancionado por la FIFA y de hecho ese país organizó el mundial de 1994 mientras unos meses antes invadía Somalia y unos meses después Haití, mientras la OTAN desmembraba y desangraba Yugolsavia. Hoy, el genocidio contra la población palestina por parte del gobierno sionista de Israel es la prueba más rotunda del silencio que guardan la Federación Internacional de Fútbol Asociado y el Comité Olimpico Internacional.
Los intereses de las potencias occidentales han causado innumerables violaciones de derechos humanos, impuesto gobiernos y robado recursos naturales por todo el mundo. El eslógan de “Stop Racism” por parte de la FIFA sólo se limita a situaciones de la vida deportiva dentro de la cancha. Mientras tanto, el silencio sigue siendo total contra la violencia racista del ICE.
De este modo, lo políticamente correcto que pueda llegar a decir la FIFA no es más que un vacío mensaje que se contradice con todas sus posturas a lo largo de la historia. Hacer oídos sordos a las bombas que caen sobre países en los que el fútbol es muchas veces uno de los mayores refugios que encuentran los pueblos oprimidos y no querer ver las atrocidades que cometen las potencias económicas que le son serviles para seguir manteniendo el negocio de la pelota, es en definitiva el mejor deporte que practica la FIFA. Todo sea por “no politizar el fútbol”.
En este contexto no se pueden dejar de mencionar las violaciones producidas contra las población pro rusa en las regiones de Donetsk y Lugansk por parte del gobierno neonazi ucraniano, las cuales son una de las bases del actual conflicto bélico entre Ucrania y Rusia. Esto fue invisibilizado para buena parte la población mundial por acción de la prensa occidental y la campaña anti rusa de la FIFA jugó y juega un papel central para ocultar esos crímenes.
La impunidad con la que pasan desapercibidas para la FIFA las violaciones a los derechos humanos de las potencias sultánicas como Catar o Arabia Saudita, dueños del capital concentrado de gran parte de Medio Oriente, sólo se explica gracias a las excéntricas millonadas que aportaron estos países al organismo desde las épocas Joseph Blatter hasta la actualidad con Gianni Infantino. Las posibilidades de nuevos mercados que estas potencias le abrieron al negocio del fútbol llevó a la FIFA a organizar el mundial de 2022 en Catar, como si allí nada pasara.
En tanto, Estados Unidos como parte de su plan imperialista para recuperar por todos los medios posibles su posición hegemónica en un mundo multipolar, viene ganando una influencia decisiva en la FIFA. Tal es así que en estos 10 años albergó dos ediciones de la Copa América, la primera edición del Mundial de Clubes y ahora será uno de los organizadores de la Copa del Mundo. Antes de que empiece la máxima cita del fútbol internacional, Trump ya salió “campeón de la paz” por decreto de la FIFA.