Una olla popular y asistencia para pibes y pibas que sufren de consumos problemáticos. Una historia cotidiana, tan humana como política y silenciosa, que tiene como protagonista al PC de Tafí Viejo, localidad tucumana que creció junto al ferrocarril y sus talleres y que hoy nuevamente padece una dura situación social que deviene en gran medida del abandono estatal a aquella fuerte tradición ferroviaria. Desde el corazón de esta experiencia, el dirigente comunista Petu Palacios dialogó con Nuestra Propuesta.
El tren no pasa y la pobreza no para de avanzar. Una fuerza revolucionaria nace desde el pie y se sostiene en la construcción de poder popular, allí donde están sus militantes, atendiendo situaciones cotidianas desde una perspectiva de clase. Esto lo saben bien los integrantes del Partido Comunista de Tucumán que, en Tafí Viejo, vienen desarrollando una experiencia que comenzó con la instalación de una olla popular en una de las zonas más empobrecidas de la ciudad y que, con el tiempo, se fue ampliando hacia el acompañamiento de pibas y pibes que enfrentan problemas de consumo problemático.
En el centro de esta historia aparece el dirigente local del PC, Juan José Palacios —“Petu”, como todos lo conocen en Tafí Viejo—, localidad del conurbano de San Miguel de Tucumán, cuya dinámica social estuvo y está profundamente atravesada por el destino del ferrocarril. Allí funcionaron los talleres ferroviarios más importantes de América Latina, golpeados sucesivamente por los procesos neoliberales iniciados en 1976, continuados durante el menemismo, la Alianza y el macrismo, y que hoy vuelven a estar amenazados bajo la presidencia de Javier Milei.
“Estos talleres llegaron a tener alrededor de 5600 trabajadores”, recuerda Palacios, que trabjó en ellos entre 1974 y 1977, cuando entre el desguace neoliberal y la persecución de la dictadura, fue cesanteado, aunque al día de hoy sigue reivindicándose ferroviario. Para dar una idea de la magnitud de los talleres de Tafí Viejo, explica que ocupaban casi quince cuadras de largo por dos de ancho y que con la urbanización posterior quedaron enclavados en el centro de la localidad, porque “junto con los talleres se construyó un barrio obrero para quienes participaron en su levantamiento, que luego quedó integrado a la ciudad”.
Al mismo tiempo, se levantó la estación ferroviaria y la zona comenzó a poblarse de comercios y viviendas de familias que, aun sin trabajar en el ferrocarril, se instalaron allí atraídas por la relativa prosperidad que generaba el tren. Así, Tafí Viejo se consolidó como una ciudad industrial, a la que también se sumaron otros emprendimientos ligados sobre todo a la industrialización del limón.
Pero ese ciclo de prosperidad no duró demasiado. “Desde los años sesenta, con el ataque al ferrocarril por parte de distintos gobiernos, los talleres empezaron a sufrir un deterioro muy fuerte”, señala Palacios. Aun así, “nunca se privatizaron, aunque estuvieron cerrados durante varios años y padecieron desguaces y vandalismo”, relata el militante comunista tucumano.
Hacia mediados de la década de 1970, con el Operativo Independencia y luego con el golpe de Estado, la persecución sobre los trabajadores se profundizó. “Hubo muchos desaparecidos y en 1980 se produjo el primero de los cierres de los talleres, donde yo había trabajado hasta 1977”, recuerda.
Frente a esa situación, los ferroviarios se organizaron para resistir. “Con la vuelta de la democracia logramos que en 1984 Alfonsín reabriera los talleres, pero nunca se reactivaron como correspondía: volvieron apenas trescientos trabajadores, con la promesa de llegar a mil y seguir creciendo”. Pero eso nunca ocurrió: “quedamos solamente en trescientos”, señala.
La situación volvería a agravarse con la llegada de Carlos Saúl Menem a la presidencia y la consagración como gobernador de Tucumán del genocida Antonio Domingo Bussi. Entre ambos sellaron un nuevo golpe para el ferrocarril y para los talleres de Tafí Viejo. “Ellos volvieron a cerrarlos”, lamenta Palacios, aunque aclara que “pese a todo seguimos resistiendo y tratamos de preservarlos del desguace y el saqueo, esperando que en algún momento se puedieran reactivar”.
Ese momento llegó ya entrado el nuevo siglo. “Néstor Kirchner tomó el único proyecto que existía para ponerlos nuevamente en marcha, que era el que habíamos elaborado los ferroviarios junto con la Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocarriles Argentinos y Puertos y con una organización local llamada Fuerzas Vivas de Tafí Viejo, donde participaban partidos políticos, organizaciones sociales y clubes de barrio”, explica sobre aquella experiencia colectiva. Si bien a partir de ese proyecto impulsado desde las bases se dio la ansiada reapertura, los talleres “nunca volvieron a funcionar plenamente y hoy enfrentamos un nuevo proceso que amenaza con su privatización” remarca este ex trabajador ferroviario sin dejar sin dejar de afirmar que la lucha conta el ajuste y el desguace del gobierno de Milei continúa firme.
Un problema político
Ese recorrido histórico fue configurando un escenario complejo en Tafí Viejo. La falta de trabajo y de oportunidades, sumada al crecimiento de la pobreza, dibuja un horizonte sin expectativas, especialmente para los jóvenes. En ese contexto se agravan distintas problemáticas sociales, entre ellas el hambre y las adicciones.
“Hace alrededor de un año y medio estaba en un programa de radio con un amigo de Tafí Viejo que es músico y me preguntó qué hacía falta en este momento. Le respondí que en los barrios lo que falta es comida, porque hay familias que ni siquiera llegan a hacer dos comidas por día”, cuenta Palacios. De aquella conversación surgió la idea de organizar un festival para juntar alimentos y montar una olla popular. “Como mi amigo además es zapatero, empezamos en la puerta de su taller. Así arrancó todo: hicimos una olla, después otra, pusimos unos tablones en la calle y comemos con quienes pasan, con quienes lo necesitan”.
Escuchar el relato pausado y sencillo de Petu puede hacer pensar que el proceso fue simple, pero en la práctica requirió de mucha perseverancia, dedicación y creatividad. También de ese olfato político que permite detectar hacia dónde continuar la construcción territorial.
“La calle donde estamos también es un lugar por donde pasan chicos que van a comprar droga”, describe. “Conocíamos a varios de ellos, entre otras cosas porque el hijo de un amigo tenía problemas de adicción. Lo ayudamos para que pudiera atenderse en Buenos Aires y le fue bien. A partir de eso otros pibes que lo conocían empezaron a acercarse para preguntar cómo estaba y así pudimos abrir un canal para que otros chicos en la misma situación viajaran también a rehabilitarse”.
De este modo, junto con la olla popular, comenzó a desarrollarse otra forma de acompañamiento. “Ahora vienen madres con chicos que quieren salir de la adicción y nosotros tratamos de ayudarlas desde una mirada que va más allá de lo que ofrece el Estado en la provincia, porque para nosotros no se trata sólo de un problema de salud: también tiene una dimensión política y por lo tanto necesita una respuesta política”, reflexiona Petu.
¿Por qué se trata de un problema político? “Porque sabemos cuál es el origen”, subraya Palacios. “Sabemos cómo y por qué los pibes llegan a la droga y también cómo llega la droga hasta Tafí Viejo, que es lo mismo que pasa en todo el país”. Con preocupación, agrega que en poco tiempo “en Tafí Viejo ya hubo chicos que murieron por la droga”.
Desde ese rincón de la provincia de Tucumán, el Partido Comunista decidió entonces tomar el toro por las astas y enfrentar el problema. Lo hace construyendo una experiencia que puede parecer pequeña, pero que día a día modifica la vida concreta de muchas personas y ayuda a tomar conciencia del origen de las desigualdades; es decir, del origen del problema.
“Lo hacemos hasta donde podemos llegar”, dice Palacios con humildad. Pero enseguida agrega con firmeza que “también exigimos al municipio que se haga cargo de estas situaciones, porque son problemas de toda la sociedad y la Municipalidad tiene la obligación de intervenir”. En ese sentido, recalca que ya están trabajando junto con madres y jóvenes para impulsar una movilización: “estamos preparando una marcha hacia la Municipalidad para plantear todo esto”.
Porque, insiste, se trata de un problema político. “Y cuando uno lo aborda aparecen todas las demás discusiones; lo que pasa en la provincia, las políticas de Milei, la reforma laboral, la falta de trabajo. Todo el contexto en el que se produce lo que vivimos en Tafí Viejo. Si el problema es político, la solución también tiene que ser política. Y como comunistas nunca vamos a dejar de proponer una salida para esta situación, porque hacerlo es necesario y también una forma de fortalecer los vínculos con el barrio”.